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RED DE BIOETICA |
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Memorias Panel de Bioética realizado dentro de la Cátedra Manuel Ancízar "Biotecnología para no biotecnólogos"
LA
INCERTIDUMBRE MORAL EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO TECNOCIENTÍFICO
Gilberto Cely Galindo Profesor de Bioética Pontificia Universidad Javeriana
Los tiempos actuales están marcados por incertidumbre moral. Aparecen nuevos dilemas que inquietan la conciencia personal haciéndola dubitar hasta el punto de que cualquier decisión que se tome está mediada por diversos actores y escenarios que hacen perder la nitidez del análisis y la apropiación de la responsabilidad. Lo moral queda a merced de dichas mediaciones, por una parte, y por otra al escrutinio de la psicología clínica que amplía sus fronteras analítico-terapéuticas sobre el espacio de lo moral para llevarlo al estudio patológico de la psique. Ya, por ejemplo, en la ética sexual, ser pederastra se desliza del juicio típicamente ético para ser remitido como problema psicológico de gran complejidad, en un escenario sociocultural sexualmente morboso, sobre estimulado por los medios de comunicación con sus ofertas de disfrute hedonístico a la carta y una comunidad de pertenencia permisiva de conductas extrañas en el mundo del afecto. Otro ejemplo lo tenemos en el incremento de la violencia en todos los niveles del comportamiento individual y colectivo, tema que pierde espacio ético al quedar a merced de disciplinas humanísticas como la sociología, la política, la economía, etc., que al llevar lo personal a contextos macro desdibujan la culpa concreta y con ello diluyen el sujeto en responsabilidades ajenas a él mismo. La tendencia es a externalizar la culpa, refiriéndola a agentes colectivos virtuales que no responden por nada. Asistimos, entonces, a una disminución del campo de la conciencia moral con explicaciones ajenas a los modos tradicionales de los discursos de la Filosofía práctica considerados como Ética y también de la Teología moral. En este orden de cosas, parece que cualquier decisión moral que se tome vale igual que las otras, desapareciendo el colorido de la jerarquía de valores, asumiéndose que en lo moral también juega el método científico de aprendizaje por ensayo y error, sin que en el proceso haya nada que lamentar por los errores cometidos. Al respecto, se oye decir que la conciencia moral, también llamada conciencia intencional, se ve abocada a decidir rápidamente ante una gama cada vez más amplia de posibilidades de acción, puesto que el mundo contemporáneo se mueve a la velocidad del rayo y ofrece múltiples oportunidades como sucede en los supermercados. Por ejemplo, en decisiones de tanta trascendencia de la vida afectiva, algunos se preguntan: "¿me caso o compro un perro?", "¿me caso por lo civil, que tiene divorcio, o arriesgo mi futuro con el matrimonio católico que exige fidelidad hasta que la muerte nos separe?", "¿no será mejor vivir en amor libre para conservar la opción de cambio de pareja ante cualquier desavenencia que haga aburrida la convivencia?", "no queremos hijos porque nos amarran y perdemos libertad para viajar, para realizarnos profesionalmente, para invertir en bienes económicos, etc." Y en decisiones que tienen que ver con lo macro social, con la administración y gobierno de lo público, los legisladores y gobernantes se las tienen que arreglar para satisfacer las demandas más disímiles de la sociedad pluralista contemporánea, abriendo espacios de libertad y tolerancia. Ellos asumen el riesgo permanente de equivocarse en las opciones que tomen, de causar con ellas grandes males en la población o en los ecosistemas, o lo que es peor, lucrarse personalmente a desmedro del bien público. Las decisiones políticas siempre llevan doble filo y tienen que negociarse bajo presión de intereses y campos de fuerza que luchan por sus propios beneficios. ¿Cómo, entonces, proponer una ética de lo público desconociendo los factores reales que la enrarecen, como si las cosas fuesen únicamente blancas y negras, sin tonos de grises? Como si los gobernantes no viviesen también la incertidumbre moral. Dígase otro tanto de la actividad de los científicos, para quienes la rudeza de sus cavilaciones morales sobre la responsabilidad social de su acción y las manipulaciones que los agentes del Estado y las empresas multinacionales ejercen sobre ellos les resulta muy onerosas en su conciencia, hasta el punto que se protegen con el sofisma de que la ciencia es valorativamente neutra. Escasean las certezas que anteriormente nos permitían asegurar como "absolutamente" correctas las decisiones morales que deberíamos tomar. Lo único absoluto ahora es que ya no existe doctrina ética alguna con pretensión de absolutez, para llevarnos a puerto seguro a través de las aguas turbulentas de la sociedad contemporánea. La civilización actual de la tecnociencia ha ocasionado el naufragio de las certezas morales sobre las que se apoyaban las religiones históricas y las grandes culturas, las cuales tienen ahora la sensación de navegar a la deriva y las acosa la tentación de recuperar las riendas de antaño, acudiendo al ejercicio de la autoridad, del poder y a todo tipo de integrismos y fanatismos. Acerca de los valores morales Jérome Bindé y Jean-Jpseph Goux (2002) organizadores del encuentro de la UNESCO sobre el futuro de los valores, piensan que "La firme creencia filosófica, religiosa o artística en el significado absoluto de la Verdad, del Bien y de la Belleza no sólo se ha cuarteado con la sospecha de la relatividad histórica y cultural de los valores, sino que también se ha tambaleado ante las acometidas de quienes tratan de desmitificarlos, reduciéndolos a un mero atuendo ideológico destinado a ocultar los mecanismos de poder". Los mismos autores dicen: "vivimos en medio de la fugacidad, la obsolescencia acelerada y la veleidad subjetiva, como si los valores más sagrados hubieran perdido todo fundamento y pudiesen introducirse en el mercado de valores mobiliarios para ponerse a oscilar a la alza y a la baja". Los valores, esos modos simbólicos de lo preferible que articulan a los miembros de una sociedad para interactuar con base en consensos tácitos a favor de proyectos comunes, subyacen en las culturas como patrones dinamizadores de pertenencia e identidad de los individuos con el todo social; y son ellos, los valores, los que estructuran el proceso de socialización en pos de cualificar el mundo de la vida. La sociedad crea y recrea permanentemente representaciones de valores con el objetivo de regular la satisfacción de las necesidades. Estas se presentan al individuo como valores reconocidos que se imponen en la forma de obligaciones y prohibiciones. Mediante ellos, el individuo aprende a distinguir lo que le parece estimable, preferible y lo que debe considerar valioso para sí y para los demás, asumiendo convicciones personales en la toma de decisiones. Es decir, obrando en conciencia. El proceso de socialización que mencionamos anteriormente responde a las actividades educativas de mediación hacia la adultez que la comunidad moral de pertenencia del individuo ejerce para hacerle partícipe de las ganancias que ha acumulado en el proceso de humanización, vale decir, en acceder a ser mejores seres humanos autoapropiándose de las circunstancias favorables para dirigir la propia historia. Estos procesos (el de socialización y el de humanización) están ligados al discernimiento de las vivencias cotidianas, discernimiento que agudiza el esfuerzo por lograr condiciones nuevas a favor de satisfacer los deseos de lograr una vida buena. Lo preferible y lo rechazable provienen de la experiencia misma de lo que es bueno y de lo que es malo, de lo que coadyuva a la realización del ser humano y de aquello que le puede perjudicar hasta su propia extinción. Así se constituye la experiencia moral como la actitud de vivir en búsqueda de un vivir mejor, huyendo del malestar ocasionado por las vivencias dolorosas y frustrantes de expectativas de calidad de vida. La vida buena es deseable en términos de sentido de la vida, de aquello que marca de significado la existencia, lo que equivale a la felicidad como expectativa última del proyecto de vida inscrito en todo modelo antropológico de cualquier persona y cultura. En últimas, los valores morales son símbolos espirituales dadores de sentido existencial en el mundo de la vida, y lo son en la medida que propongan metas colectivas inalcanzables y utópicas de vida buena para cada uno de los miembros de la comunidad. La utopía es un componente del valor, dado que para que algo se estime como valioso siempre debe superar las contingencias de lo espaciotemporal y llevar la volición a desear hitos superiores a los que se alcanzan en la cotidianidad. Este aspecto utópico del valor le da un colorido de intemporalidad y le genera la impronta de trascendencia. Cuando se habla de "sentido", se está haciendo referencia a una direccionalidad asumida conscientemente con pretensiones de futuro; a un rumbo, a la consecución de grandes metas y finalidades para las cuales se disponen los medios más aptos, a sabiendas de que su realización siempre está más acá del deseo, pues el deseo se autodefine como apetencia insaciable. En otras palabras, el sentido no es otra cosa que una opción preferencial por un proyecto de vida, lo que dota de significación cuanto vaya a favor o en contra del proyecto propuesto. Las concepciones de vida varían de sociedad a sociedad, de época a época, lo que genera tensiones dinámicas en la percepción de lo que se considera valioso. Así los valores cambian con el cambio sufrido por la sociedad, son evolutivos como la sociedad misma, pues los valores son constructos sociales y, a su vez, ellos construyen a la sociedad que los originan. Cuando la sociedad construye antivalores o disvalores, está cavando su propia sepultura. Esto ha sucedido con las civilizaciones fenecidas: mesopotámica, egipcia, china, griega, romana, etc. Por todas partes se habla de "crisis de valores". Se dice que vivimos en "incertidumbre cultural". También se mencionan las palabras "relativismo moral" para referirse al mismo fenómeno contemporáneo de no saberse con seguridad qué es lo bueno, lo malo, lo justo, lo correcto, lo digno, lo adecuado, lo bello y lo que realmente aporta a la felicidad individual y colectiva. Se añora la otrora certeza de la moral fundada en datos revelados, indisolublemente asociados a los dogmas de fe propios de las religiones, cuando fe y moral iban en un mismo predicado trascendente sobre valores eternos en un devenir inmutable. Cuando esas creencias se traducían en manuales de normas rigurosas de conducta, o en pequeñas éticas, en "etiquetas". Todo el mundo cree saber, con claridad meridiana, qué son los valores morales, a pesar de que el acelerado proceso de globalización nos conduce hacia una inédita aldea planetaria donde tendremos que convivir las culturas y religiones muy disímiles, con valores insospechados y talvez contradictorios. ¿El desconcierto que padecemos ahora, no será un anticipo in crescendo del conflicto macro que viviremos en la aldea global? ¿Podríamos pensar que la turbulencia moral que experimentamos es el precio que debemos pagar por el tipo de desarrollo que hemos asumido, liderado éste por una política y economía que se la juega toda a la tecnociencia sin fronteras? ¿Las alianzas economía-política-tecnociencias serían las culpables del enrarecimiento del mundo de la vida y, en consecuencia, necesitaremos con urgencia construir una nueva ética que se ocupe de "pastorear la vida"? En este caso hablaremos de Bioética. La mayoría de la gente no hace diferencia entre ética y moral, mientras que otros apelan por una "ética de mínimos" vinculantes para construir la convivencia social en un mundo cada vez más pluralista y globalizado y dejan ad libitum la "ética de máximos" para quienes tengan preferencias religiosas, étnicas, políticas y culturales. Un valor hilvanante de las éticas en mención tendrá que ser la tolerancia. Pero, ¿qué se entiende por tolerancia? ¿Se trata de asumir como tolerancia una actitud permisiva de todas las conductas, aún de aquellas antagónicas? ¿Permisividad al estilo de la lucha libre, donde todo vale? ¿Se le puede achacar a la tolerancia la crisis de valores actuales o, precisamente, la crisis se debe a falta de tolerancia? ¿Es la tolerancia un valor cerrado en sí mismo, o se trata de un valor de mediación hacia otros valores superiores, como sería la justicia, la paz, la convivencia? Acerca de la dinámica del cambio en las realidades biológicas. Su inferencia social Todo cambia y aceleradamente. Todo fluye, hasta los genes, según los datos de la genética moderna, porque no de otra manera se puede explicar la existencia de la selección natural y la megadiversidad biológica. La naturaleza ha tenido el encargo de que las cosas sean así. Cada organismo tiene su propio borde que lo relaciona aleatoriamente con el entorno, lo que equivale a su propio caos, a través del cual alimenta su autoorganización y mantiene alerta sus estructuras disipativas que le otorgan "aprendizaje" de las experiencias, capacidad de cambio adaptativo y emergencias hacia condiciones de mayor complejidad biológica y comportamental. El proceso evolutivo biológico siempre crece en complejidad y apunta hacia la novedad, porque es creativo a la vez que aleatorio, y autoorganizativo a la vez que selectivo. En consecuencia, lo único permanente es el cambio, a la mejor manera de la propuesta filosófica de Heráclito, no muy tenida en cuenta por la filosofía moral dominante en Occidente durante centurias, hasta el advenimiento de la Modernidad con la filosofía positivista instaurada por Francis Bacon que dio origen al desarrollo de la ciencia y la tecnología. Nos resistimos al cambio porque nos trae inseguridad, riesgo, temores, ansiedad y posibles frustraciones por exposición a lo ignoto. Le tememos al cambio por el componente caótico que comporta, por el borde inestable de una situación conocida y la nueva por conocer, y nos cuesta dificultad entender que el nuevo orden surge del caos; más aún, nos aterra pensar que somos caos y que el caos es un tipo de orden. Nos sumimos en incertidumbre acerca de lo que nos pueda suceder y para lo cual no sentimos que estemos preparados, puesto que nuestras estructuras morales han tenido demasiada influencia filosófica de Parménides en la configuración de jerarquías de valores morales con pretensión de permanencia e inmutabilidad en razón de un ficto ontológico, siendo los valores como hemos dicho, no otra cosa que constructos sociales con los cuales la comunidad se autoconstruye y evoluciona, a la vez que los valores evolucionan también con la evolución de la comunidad que los origina. Así como los organismos "anticipan" de alguna manera el futuro para prepararse a los cambios y ajustan su propio comportamiento a lo que esperan encontrar en el entorno, de lo contrario perecerán, los valores morales correctos asumen en las poblaciones humanas esa misma función anticipatoria de información para la sobrevivencia. Los valores no correctos conducen al deterioro y muerte de una sociedad, lo que vale decir aquellos "no anticipatorios", "no evolutivos", "no flexibles", "no abiertos a la diversidad y al pluralismo", "no tolerantes de la diferencia", "no propiciadores de estructuras disipativas sociales que se entrelacen con otras en complejidad creciente", "no conducentes al encuentro de equilibrios dinámicos de justicia social", "no productores de satisfactores de bienestar y felicidad en la amplia gama de preferencias de sentido existencial", en síntesis, esos valores no correctos serán antivalores. Al igual que los organismos naturales avizoran el inmediato futuro con procesos diacrónicos y sincrónicos que les permite percibir y emitir información para su actividad homeostática, de manera cibernética, lo que constituye la conciencia refleja, los individuos de la comunidad humana también se organizan en función de retroalimentar información, en procesos crecientes de complejidad que constituyen un "estar alertas", un estar conscientes en el presente acerca de posibilidades futuras para responder adecuadamente ante los estímulos ambientales y sociales. Los seres humanos sobresalimos en adquisición de información y en versatilidad para procesarla, lo cual aumenta nuestra capacidad adaptativa hasta el estadio de dominio sobre las demás especies y adaptación del entorno a nuestras necesidades. Del antiguo aforismo darwiniano de "supervivencia del más apto" pasamos al de "supervivencia del mejor informado", lo cual nos otorga mayor control de la entropía por el aumento de información retroalimentaria. Es así como los seres humanos agregamos complejidad informativa a los diferentes gradientes de conciencia refleja que compartimos con todos los demás organismos de la biota, accediendo a la emergencia de la conciencia intencional generadora de cultura, que simultáneamente es conocimiento abstracto, útil y relacionado con posibilidades optativas en función de lo que se considere correcto o incorrecto, justo o injusto, bueno o malo, lícito o ilícito, conveniente o inconveniente, necesario o innecesario, oportuno o inoportuno, estético o antiestético... Es en el estadio de la conciencia intencional donde reposan la voluntad, la racionalidad y la libertad que dotan a lo humano de dignidad por constituir la esencia de la dinámica espiritual. Acerca de la episteme moral de la tecnociencia A favor de los cambios acelerados y turbulentos viene el desarrollo vertiginoso de la tecnociencia que corre cada vez más las fronteras del conocimiento codificado como información útil que da vida a los cambios y vive de ellos, generando la "Sociedad del Conocimiento", también llamada "Sociedad del Riesgo". Esta sociedad construye su propia cosmovisión, su mundo simbólico, a modo de entramado de conocimientos teórico-prácticos, técnicos y artísticos con los que resuelve sus problemas en búsqueda de vida buena para todos, supuestamente ética y estética al mismo tiempo. "Creamos símbolos para comunicar nuestro ser en el mundo y diseñamos técnicas que perpetúan el bienestar. Somos tanto artistas como técnicos y estos dos aspectos de la vida han disfrutado siempre de una relación de simbiosis, un tanto ambigua a veces, eso sí. Pero las nuevas tecnologías están difuminando la distinción entre arte y técnica". Como también la distinción entre ciencia y tecnología. En la actualidad, los conocimientos se articulan en sistemas y subsistemas simbólicos de información especializada sólo para expertos, a los cuales la comunidad se remite para darse explicaciones y justificar sus acciones. Además del conocimiento especializado, la estructura societal también genera información de menor cuantía que socializa a través de los medios masivos de comunicación, a favor de tender un puente político entre los expertos y el vulgo, lo que aparenta satisfacer la necesidad de autonomía de los individuos para la toma de decisiones particulares, las cuales terminan siendo direccionadas por el gobierno de los mejor informados, de los que ostentan el poder, de una aristocracia devenida en tecnocracia. Como resultado de lo anterior, surge un ambiente moral que tiende hacia la progresiva "disolución" del sujeto en innumerables roles de la compleja vida urbana contemporánea, a modo de una escalada creciente de subestructuras mediáticas en el ejercicio de la libertad y la autonomía. Todo ello enrarece el clima de la subjetividad y da lugar a mayor incertidumbre cultural, pues trae consigo la vanalización de la persona al desarraigarla de sus propias decisiones y llevarla a un mundo de frivolidad existencial. Un mundo de contingencias que agotan al sujeto en la inmediatez de pequeñas decisiones cambiantes y circunstanciales, sin compromisos radicales de futuro, pues sospecha de que el futuro es tan incierto que no le pertenece y solamente puede contar con el fugaz momento y las oportunidades que le ofrece. Es un volver al poeta latino, Virgilio, con su "carpe diem", que podríamos interpretar como "vive el momento", "vive a la moda", "sácale jugo a la vida", "goza lo que tienes" porque no sabes si habrá un mañana y si se te darán nuevas oportunidades. Así se justifica una vida "ligth", ligera también en los valores morales. ¿Qué sentido puede tener la vida humana si se le lleva al vaivén de lo efímero, de lo fugaz, de lo lúdico, de lo emocional e inmediatista? Glosando un poco a Jeremy Rifkin, diríamos que "Hoy, 'tener conocimientos' y 'estar informado' han venido a significar prácticamente lo mismo. Esta es una revolución en la historia de la conciencia. Al cambiar el significado del conocimiento de manera que 'saber' sea equivalente a 'estar informado' lo saturamos de transitoriedad, de tiempo banal, de circunstancialidad, de aconteceres episódicos que transcurren tan aceleradamente que se hace difícil una justa valoración moral de los mismos y queda la impresión de que todo vale igual o que no vale la pena preocuparse por lo transitorio. Más aún, se va abriendo paso hacer la diferencia entre "preocuparse" por algo y "ocuparse" de algo, lo que desde el punto de vista moral nos alivia de sentimientos de culpa por apertura y laxitud de conciencia. La vida va apareciendo menos seria y más lúdica, menos dolorosa y más hedonista, menos realista y más virtual. Es así como 'estar informado' significa ser consciente de unas circunstancias cambiantes. Estar informado requiere de actualización constante. Es un proceso en marcha de anticipación y acomodación a los cambios que se producen en el entorno. Tener conocimientos hoy es captar continuamente los cambios que se suceden alrededor de nosotros y poder adaptarse a ellos como corresponda. El conocimiento, en el nuevo orden de cosas, no se ve ya como un descubrimiento de hechos sino más bien como un proceso creativo en marcha". La sociedad contemporánea está jalonada por el conocimiento útil, creativo y relacionado con todos los sistemas simbólicos de información que den lugar a una estructura dinámica que promueva obtener beneficios pragmáticos, empíricos, mensurables y calificables con categorías económicas de eficiencia, eficacia y valor de intercambio comercial. Internet es el mejor ejemplo de dicha estructura. Este tipo de Sociedad del Conocimiento promueve realizar inversiones cuantiosas y constantes en educación para quienes decidan ser sus líderes y propietarios, de lo contrario se padecerá la condición de ser uno más de la gran masa de empobrecidos usuarios y lacayos de la gestión realizada por el puñado de privilegiados que accedieron oportunamente al conocimiento útil y relacionado con todos los demás conocimientos que pretenden hacer un aporte a la calidad de vida. Hay que tener en cuenta que el concepto de calidad de vida tiene aspectos objetivos y subjetivos; por consiguiente, no es posible universalizar satisfactores de calidad de vida, aunque sí es deseable ofrecer oportunidades para la libre elección de las personas, de acuerdo con sus valores culturales, religiosos y necesidades vitales concretas (alimentación, salud, vivienda, educación...). Pero, paradójicamente, cuanto mayor sea el desarrollo del conocimiento tecnocientífico que otorga gran poder al hombre sobre el mundo y sobre sí mismo con fines benéficos, tanto mayor será también el riesgo de causar macrodaños irreversibles al mundo y al mismo ser humano. Todo esto produce incertidumbre cultural por enrarecimiento de las costumbres, las cuales quedan a merced de las novedades tecnocientíficas en la Sociedad del Conocimiento, con sus respectivos riesgos. Podríamos decir, inspirados en Jean Ladrière, que los desarrollos científicos y tecnológicos penetran hasta los tuétanos los valores morales y culturales de la sociedad y desestabilizan sus seguridades. Jeremy Rifkin concluye
su libro "El siglo de la biotecnología" diciendo: "La
revolución biotecnológica influirá en todos los ámbitos
de nuestras vidas. Qué comemos; con quién salimos y nos
casamos; cómo tenemos a nuestros hijos; cómo se los cría
y educa; en qué trabajamos; cómo participamos políticamente;
cómo expresamos nuestra fe; cómo percibimos el mundo que
nos rodea y el lugar que ocupamos en él: las nuevas técnicas
del siglo de la biotecnología afectarán a todas nuestras
realidades, individuales o compartidas. Qué duda cabe que técnicas
tan personales merecen que el público en general hable y debata
de ellas antes de que se conviertan en parte de nuestras vidas diarias.
La revolución biotecnológica nos obligará a todos
a poner un espejo ante los valores que más apreciamos, y a ponderar
la pregunta final sobre el fin y el significado de la existencia. Puede
que esta sea la contribución más importante de esa revolución.
El resto es cosa nuestra". Estamos habituados a ver la vida en su estado actual no como proceso coyuntural, no como algo que cambia permanentemente, sino como algo acabado, como algo que ya es así y que no puede ser de otro modo, porque nuestro ojos solamente observan los fenotipos pero no los genotipos con sus inestabilidades permanentes y adaptativas a nuevas condiciones propiciadoras de estructuras y funciones emergentes. Lo permanente es el cambio, y si lo es en el mundo natural también lo será en el social. Por consiguiente, de acuerdo con la nueva cosmología, la bioingeniería no sería vista como algo artificialmente impuesto o contradictorio con la naturaleza, sino como algo que comparte su lógica de complejidad creciente y la hace más económica, contando con su propia incertidumbre inherente a los procesos. En otras palabras, la Sociedad del Conocimiento se apropia de los datos de las ciencias de la vida y con ellos empuja la vida social hasta convencerla progresivamente que los artificios biotecnológicos son sus mejores aliados y son lo más natural; por consiguiente, sería un error oponerse y dar coses contra la lógica de las biotecnologías. Acerca de los campos de acción de la ingeniería genética y su impacto en la moralidad Desde esta perspectiva, los alimentos vegetales transgénicos y sus derivados constituyen una de las líneas de fuerza más poderosa de las ofertas biotecnológicas contemporáneas, puesto que la nutrición está en la base misma de nuestras necesidades primarias y urgentes de supervivencia. Los transgénicos ya son cultivados en 40 millones de hectáreas y penetran ellos mismos, o sus derivados, a nuestras dietas alimenticias sin ninguna advertencia a los consumidores, pues sus productores y comerciantes presumen que dichos alimentos van con la lógica de la vida y por eso se niegan a etiquetarlos como tales al venderlos en los supermercados. Presumen también que es la manera inteligente de resolver problemas urgentes de hambre, de desnutrición, de mala distribución mundial de alimentos y de ayudarle a la naturaleza a obviar sus precariedades propias y las causadas por errores humanos. En otras palabras, es la contribución que los hombres e instituciones que están detrás de las biotecnologías prestan al bien de la humanidad y de la naturaleza. Una de las cuestiones morales que se plantean actualmente es la relativa a la adopción y la aceptación de alimentos hechos con organismos genéticamente modificados. Al respecto, la biotecnología moderna puede aprender de las diferencias en la aceptabilidad de otros alimentos en todo el mundo. La elección personal en materia de comida no es sólo una cuestión de precio o de gusto. Por ejemplo, se puede ser vegetariano por motivos morales, religiosos o dietéticos. Los tabúes religiosos del budismo o del hinduismo con respecto a comer carne han influido en las prácticas agrícolas, al igual que lo ha hecho la prohibición de comer cerdo en el islamismo y el judaísmo. Independientemente de la diversidad moral y religiosa de casi todas las sociedades, los hábitos alimentarios generales no se suelen mantener con prohibiciones jurídicas. Es más bien el consumidor quien, al elegir, incide en la disponibilidad de alimentos del mercado. Los cambios recientes en la dieta, por motivos de salud o personales, de índole moral, han hecho que se adoptara el vegetarianismo en sociedades sin tales tradiciones religiosas. Además de vegetales transgénicos, la ingeniería genética interviene los genomas de microorganismos y animales para introducirlos al consumo nutricional, médico e industrial, bajo el supuesto de que no hacen daño alguno a la salud humana y del ambiente. Pero no todas las personas y países piensan así. A diferencia de la sociedad norteamericana tan permisiva, la comunidad europea cuestiona radicalmente la bondad de los alimentos modificados genéticamente y, mientras las circunstancias no sean obligantes, prefieren la comida natural y libre de productos químicos en sus cultivos y conservación. Los europeos han calificado despectivamente como "alimentos Frankenstein" a todos aquellos que presentan manipulaciones artificiosas en sus genomas. Aunque han sido muchas las "calumnias", desinformación y suspicacias en contra de los organismos genéticamente modificados, sin embargo no quedan del todo libres de sospechas éticas dichos productos alimenticios, biomédicos e industriales. Existe un enfrentamiento entre las propuestas de las ingenierías genéticas y los modos ancestrales de pensar, de sentir y de vivir la vida en la variopinta gama cultural y religiosa, todo lo cual tiene un trasfondo moral. Recordemos que la ética es la moral pensada y la moral es la ética vivida. El mundo simbólico de las culturas y religiones se aferra tradicionalmente a las seguridades que le aportan las facticidades de la realidad de su entorno, de ver la vida tal como aparece, como si ya estuviese acabada y perfecta, como si siempre hubiese sido así como es ahora, como si fuese sacrilegio intervenir la vida y modificarla; mientras que el mundo simbólico de la tecnociencia es proactivo y juega su suerte a las posibilidades de futuro, calculando los riesgos con análisis de costo-beneficio económico, aunque muchas veces soslayando el costo-beneficio social ordenado en función de lo justo y equitativo como horizonte mismo de los Derechos Humanos. Los valores promovidos por la tecnociencia ofrecen la apariencia de ser superiores a los que las culturas y las religiones han promovido tradicionalmente para solucionar los problemas que aquejan desde siempre al ser humano: enfermedades, hambre, muerte, escasez de vivienda, vestido precario, desprotección ante las hostilidades ambientales, insuficiencias para la crianza y educación de los hijos, inseguridad ante el futuro, guerras y desolación...; en síntesis, confrontaciones entre el hombre y la naturaleza que le es adversa, y lo que es peor, descontento del hombre con su propia naturaleza humana porque la encuentra caduca, frágil y enfermiza. El hombre, y más el de la tecnociencia, se antoja de eternidad con juventud y felicidad inacabables, para lo cual lucha con su inteligencia creativa y todas sus fuerzas puestas en las tecnociencias. El ser humano contemporáneo va tras lo posible, razón por la cual condiciona su ética a las ganancias que pueda conquistar así tenga riesgos su aventura. De esta manera, se va abriendo paso el nuevo criterio tan discutido de que lo que sea tecnocientíficamente posible también lo será éticamente. Esto significa que las tecnociencias, y concretamente una de ellas, las biotecnologías, están en búsqueda de nuevos postulados éticos para su acción que sean de corte proactivo más que reactivo, más futuristas y liberales que tradicionalistas, más optimistas que pesimistas, menos dogmáticos y más racionales, y con discursos que articulen armónicamente los saberes científicos con los humanistas pues se encuentran actualmente disociados. Los valores promovidos por la tecnociencia adquieren prestigio y reconocimiento social cuando acceden a convertirse en ingenieros y arquitectos de una sociedad justa, cumpliendo la promesa de resolver pragmáticamente las angustias humanas en su afán de supervivencia y búsqueda de calidad de vida. A cada necesidad, la tecnociencia oferta uno o varios satisfactores y lo hace con talante autosuficiente, pues sus promesas están mediadas por postulados científicos de racionalidad, cálculo de probabilidades, previsión y control de las consecuencias, economía, eficiencia, eficacia, repetibilidad, producción industrial a gran escala y pretensión de universalidad en sus beneficios. Por ejemplo, con base en los criterios anteriores, la biomedicina se ocupa del cuidado planificado de la salud humana y de combatir a la muerte con los más sofisticados recursos de los medios diagnósticos, inmunología, farmacopea, cirugía, nutrición e higiene. La ingeniería genética viene a la producción de más y mejores alimentos vegetales y animales de tipo transgénico, como también a dotar a la industria con nuevos recursos bioenergéticos e insumos para la fabricación de bienes y servicios. La telemática asume la tarea de aumentar ad infinitum la capacidad de producción de inteligencia artificial y de conocimiento útil codificado simbólicamente como información y almacenamiento de la misma, cualificando así las neuronas humanas y los órganos de los sentidos para llegar hasta las intimidades del cosmos, del átomo y de la molécula de la vida. Con la tecnociencia, el ser humano se empodera de la naturaleza y de sí mismo, -¡lo que es bueno!- porque fortalece su libertad como nunca antes lo había logrado civilización alguna y toma conciencia de determinar qué desea hacer del mundo y de sí mismo supuestamente para bien de ambos. En este estadio prometéico de conocimiento avanzado y liberador de la humanidad aparecen nuevos dilemas morales. Al contrario del modelo filosófico puesto en escena por la tragedia griega, parece entonces que con la tecnociencia el destino pierde fatalidad y se transforma en autodeterminación, sin posibilidad alguna de que el hombre transfiera a los dioses sus sentimientos de culpa por su mala conducta, como tampoco que continúe dependiendo de los dioses el bienestar humano. La historia no quedaría a merced del azar sino que se convertiría en un constructo social deliberado, en gestiones colectivas de lo público asumidas como proyectos macro de desarrollo, donde las responsabilidades individuales se desdibujan y pierden su connotación moral por pasar a manos del Estado. Las mismas instituciones públicas van siendo manipuladas por los intereses económicos y políticos de las organizaciones privadas multinacionales, propietarias y mercaderes que son de las tecnociencias, lo cual genera nuevos colonialismos internacionales y corrupciones del poder. A expensas de todo lo anterior se vulneran derechos individuales, se deteriora la autonomía ganada lentamente durante centurias, se diluye la responsabilidad personal y se lesiona severamente la integridad del sujeto hasta amenazarlo de progresiva disolución. En otras palabras, el bienestar ofrecido por la tecnociencia es paradójicamente una pérdida de sentido existencial y una dolencia de deterioro moral de la humanidad. Podríamos advertir que la tecnociencia desde dentro de sí misma es incapaz de darse sentido y de dotar del mismo a sus gestores. Y así es, porque desde una perspectiva epistemológica su objetividad no permite captar en profundidad la "cuestión humana". Hoy en día todos convergemos en considerar que la ciencia y la técnica no son algo moralmente neutro, sino que, como actividades dependientes de la libertad humana, exigen de los científicos y de sus gestores políticos una responsabilidad ética. La ciencia y la técnica sin la ética corren el grave riesgo de llevar al hombre a donde no quiere ir. Hoy más que nunca no debemos olvidar que el sentido último del trabajo científico es el servicio al hombre y a la humanidad en comunión con el ambiente, y que la justificación de toda transformación operada a través de la tecnociencia está en función de ese fin. Para dotar de sentido el desarrollo humano y superar muchas incertidumbres que lo llenan de dolor existencial, es necesario construir vasos comunicantes entre las disciplinas que aportan conocimiento y comprensión de la vida humana -¡hoy todas ellas en movimiento centrífugo!- y velar por un humanismo científico integrador que privilegie el cuidado y protección de la vida como imperativo ético. La comunidad humana universal reclama un movimiento centrípeto hacia la ética, para reivindicar su dignidad. En tratándose de preocupaciones éticas que atañen al fenómeno de la vida, viene en auxilio del discernimiento moral la Bioética, como nueva ética que mete sus pies en los mismos zapatos que calzan los científicos para acompañarlos sapiencialmente en las decisiones que afectan el mundo de los valores morales, como también en los zapatos de los políticos para que orienten con responsabilidad el desarrollo de la tecnociencia, preocupándose simultáneamente de la ética de fines, de medios y de consecuencias. A decir del Dr. Potter, padre de la Bioética, urge establecer el diálogo fecundante entre las ciencias y las humanidades para que el desarrollo tecnocientífico se haga con sabiduría. La sabiduría, para Potter, es el conocimiento que se requiere para aplicar correctamente el conocimiento. En otras palabras, para que la ciencia se haga con conciencia, para bien del hombre y de su casa terrenal. La sabiduría es un tipo de conocimiento práctico, acrisolado en la experiencia de la vida propia y ganado por consenso en la comunidad moral de pertenencia; supone el ejercicio de la razón y la elección deliberada; llena un espacio en el acervo de la memoria colectiva en cuanto que ha probado con suficiencia histórica su utilidad para la supervivencia de la especie; significa, en últimas, tener 'vista' para encontrar soluciones a los dilemas, lo que demanda mantenerse ejercitado en hábitos correctos y en continua comunicación con las situaciones prácticas que resuelven acertadamente los dilemas morales. La Bioética hace su presencia en los escenarios del conocimiento útil relacionado con el ethos vital, donde lo individual y lo público no siempre van de la mano por la carga creciente de intereses opuestos que preñan la cultura de incertidumbre moral, intereses que comportan todo tipo de dilemas en torno a lo que es correcto, bueno y justo. "La Bioética constituye hoy un territorio para la reflexión sobre las implicaciones de la investigación en ingeniería genética, una encrucijada de disciplinas que reclaman una participación multidisciplinar y plural. Y sería un error considerar este territorio como exclusivo de los 'especialistas', sean ellos los científicos o los expertos de los comités de bioética. La bioética debe tener una dimensión eminentemente pública, debe ser el foro preferente desde donde se ejerza el control social sobre la innovación en todas las disciplinas que afecten al proceso de la vida y trabajen con seres vivos". Tenemos que agradecerle a los científicos y tecnólogos todas las cosas maravillosas que hacen a favor de la humanidad. Estoy por la tecnociencia, creo que es una de las cosas más maravillosas que la inteligencia humana ha estado produciendo y producirá; estoy con ella y pido que la hagamos con conciencia, buscando cómo hacer las cosas bien, con responsabilidad, por ensayo y error, como es todo proceso humano. Es cierto que las tecnociencias comportan riesgos, pero no hay que llenarse de temores sino abordarlos con criterio ético y esperanzador. Acerca de la autoconciencia como adultez bioética para la toma de decisiones Ante la incertidumbre moral dispersa por toda la cultura contemporánea, disponer de reglas claras y minuciosas para obrar correctamente quizás no sea ni posible ni deseable. Es preferible poner el esfuerzo en actividades educativas a la juventud y de educación continuada para quienes ya debemos responder éticamente por decisiones personales y colectivas. Se trata de educarnos y de educar para la autonomía, en el gran horizonte de la libertad-relacionada, lo que vale decir: formar la conciencia de responsabilidad, con suficiente y oportuna ilustración científica y humanística, que nos permita hacer juicios ponderados de valor moral y obrar de conformidad. La Bioética tiene la tarea de hacernos crecer en el ejercicio de la libertad a favor del cuidado solícito del ethos vital. Es fácil formular la "Regla de oro": hacer el bien y evitar el mal. Esta regla de oro se yergue como horizonte e ideal bioético, pero no sirve de nada si no se le aterriza en prescripciones orientadoras de la reflexión moral que permitan actuar con libertad y responsabilidad en la línea de la "autodeterminación". Ciertamente es muy difícil concretar y lograr consensos universalizables que comprometan a todas las voluntades para generar conductas homólogas. La búsqueda de una moral objetiva, normativa, exigible milimétricamente a todos los seres humanos no pasa de ser una ilusión importada del imaginario matemático, y un deseo siempre frustrado de quienes tienen miedo a su propia libertad y prefieren proteger su conciencia cumpliendo órdenes ajenas sin ningún razonamiento crítico. Este tipo de proceder no lo podríamos llamar ético, porque huye de la autoconciencia que es exigente de formación ilustrada rigurosa, de capacidad de riesgo ponderado en la toma de decisiones y de asumir responsablemente las consecuencias de la acción. Obrar de manera heteroconciente apunta más a una conducta infantil que adulta, pues se atiene a lo mandado como verdadero, a los argumentos de autoridad como lo infalible, a lo institucional como lo más seguro, a lo legal como igual a justo y a la norma como siempre lo correcto. Quien actúa por heteroconciencia evade asumir las riendas de su propia vida y hace responsable a otro de sus propias equivocaciones, pues se protege diciendo que fueron cometidas cumpliendo órdenes, o cumpliendo códigos deontológicos, u ordenanzas legales, con lo cual se alivia de sentimientos de culpa. Es así como los códigos éticos y las prescripciones legales pueden servir de mampara a ciertos espíritus pusilánimes o a quienes tienen la intención de burlar lo prescrito. Por consiguiente, la Bioética es una invitación a la autoconciencia y a la autodeterminación, como propuestas de excelencia moral para afrontar las incertidumbres y dilemas éticos de la cultura postmoderna tecnocientífica.
LA
BIOETICA UN CONCEPTO SUBJETIVO QUE DEPENDE DIRECTAMENTA DE LAS CONDICIONES,
CULTURALES ,CIENTIFICAS Y ECONOMICAS DE UN PUEBLO. La forma como los
hombres producen sus medios de vida, como realizan sus actividades, como
desarrollan la ciencia y la tecnología, la moral que posean, la
religión que profesen, la metafísica que tengan y cualquier
otra ideología que posean y las formas de conciencia que a ellas
corresponden dependen directamente del grado de desarrollo de las relaciones
de producción, es decir, de lo que producen y de cómo lo
producen. De esta manera lo que los individuos en una sociedad son depende
del grado de desarrollo de su producción. Durante las diferentes
formas de producción de las sociedades primitivas adorar a la luna,
al sol o los planetas era lo aceptado moralmente, tanto que se consideraba
como la religión oficial de esos pueblos. En el esclavismo se desarrolló
una cultura que justificaba las divisiones sociales en amos, esclavos
y plebeyos. Igualmente, el feudalismo desarrolló su propia cultura
e incluyó la inquisición como una forma de oponerse a la
cultura naciente de la sociedad burguesa. Esta última, incitaba
a sus intelectuales a asaltar los cementerios y aprender anatomía
evaluando directamente cadáveres humanos, alentaba la anatomía
comparada y la taxonomía, entre otras, mientras el poder feudal
con la inquisición acusaba de practicante de brujería a
todo aquel que se relacionara con animales o los estudiara. Dicho poder
feudal institucionalizó quemar los gatos por su relación
con los demonios. La historia señala cómo esta conducta,
sumada a las condiciones de vida, dadas por el desarrollo de la producción
de la época, contribuyó a la epidemia de la peste. Al quemar
los gatos proliferaron las ratas y con estas las pulgas trasmisoras de
la Yersinia pestis. Bajo la inquisición desterraron a Copernico,
pretendieron acallar lo expuesto por Galileo y quemaron a Geordano Bruno.
A nombre de la moral y del dios de su religión imponían
una manera particular de ver el mundo, oponiéndose, opacando y
acallando todo esbozo de ciencia que atentara contra su poder.
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